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Macho cabrío y cabra

Miquel Barceló fue uno de los principales representantes del Neoexpresionismo español a principios de la década de los ochenta, junto con pintores como Ferrán García Sevilla, Miguel Ángel Campano, Juan Navarro Baldeweg y José María Sicilia. Este regreso a la pintura en España se produjo tras la creación de otros movimientos parecidos en Italia, Alemania, Austria y Estados Unidos.

Durante sus años de consolidación, la obra de Barceló se caracterizó por los grandes formatos y las capas gruesas de materiales. Barceló añadía materiales insólitos a sus cuadros, como algas marinas, ceniza volcánica, alimentos (harina o arroz, por ejemplo), y diferentes materiales de desecho, entre ellos cajas de cartón y colillas de cigarrillos, y pintaba sus lienzos en el suelo. A mediados de los ochenta empezó a eliminar los elementos narrativos de sus cuadros, y los principales temas de su obra fueron la luz, los agujeros y las transparencias. Este proceso de simplificación culminó en las pinturas blancas, una prolífica serie que el artista creó a partir de 1988, un año en el que viajó por el Sáhara desde Algeria a Mali (donde compró una casa y un estudio que sigue utilizando en la actualidad).

Macho cabrío y cabra (Cabrit i cabrida) pertenece a una serie de pinturas cuyo tema gira en torno a la representación de animales colgados y sacrificados, como El baile de los colgados (Le Bal des pendus) o Blanco de zinc, blanco de plomo (Blanc de zinc, blanc de plom). Igual que en estas últimas obras, se observan influencias no sólo de los bodegones con frutas colgadas del español Juan Sánchez Cotán, sino también de los del período del Renacimiento y el Barroco, así como de la pintura holandesa y flamenca, como los animales despellejados de Rembrandt. Al mismo tiempo, este cuadro es una referencia a la vida cotidiana de los países del África subsahariana, con los mercados llenos de animales colgados, que sugieren muerte y podredumbre en vez de comida. Igual que los bodegones de los períodos del Renacimiento y el Barroco se pueden interpretar como alegorías del paso del tiempo, estos cuadros, basados en el conocimiento de Barceló de la precariedad de la vida en el África subsahariana, se pueden considerar más símbolos de la fragilidad de los nuevos Estados africanos, donde el problema no es percatarse de que la vida pasa rápido, sino lograr subsistir cada día. Aun así, Barceló se aleja de todo lo anterior para dar a estas obras un aire festivo, de ritual animista, que puede llevarnos a reflexiones metafísicas: todo lo que está vivo se va a descomponer, pero renacerá.

Miquel Barceló

Macho cabrío y cabra (Cabrit i cabrida), 1992

Técnica mixta sobre lienzo

297 x 246 cm

Guggenheim Bilbao Museoa
Donación de Bruno Bischofberger, Zúrich

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