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El diluvio

Miquel Barceló fue uno de los principales representantes del Neoexpresionismo español a principios de la década de los ochenta, junto con pintores como Ferrán García Sevilla, Miguel Ángel Campano, Juan Navarro Baldeweg y José María Sicilia. Este regreso a la pintura en España se produjo tras la creación de otros movimientos parecidos en Italia, Alemania, Austria y EE. UU.

Durante sus años de consolidación, la obra de Barceló se caracterizó por los grandes formatos y las capas gruesas de materiales. Barceló añadía materiales insólitos a sus cuadros, como algas marinas, ceniza volcánica, alimentos (harina o arroz, por ejemplo), y diferentes materiales de desecho, entre ellos cajas de cartón y colillas de cigarrillos, y pintaba sus lienzos en el suelo. A mediados de los ochenta empezó a eliminar los elementos narrativos de sus cuadros, y los principales temas de su obra fueron la luz, los agujeros y las transparencias. Este proceso de simplificación culminó en las pinturas blancas, una prolífica serie que el artista creó a partir de 1988, un año en el que viajó por el Sáhara desde Algeria a Mali (donde compró una casa y un estudio que sigue utilizando en la actualidad).

La obra El diluvio (Le Déluge, 1990) de Barceló forma parte de un grupo de tres cuadros, junto con Estación de lluvias n.º 1 (Saison des pluies no. 1, 1990, colección particular) y Estación de lluvias n.º 2 (Saison des pluies no. 2, 1990, Museu d'Art Contemporani de Barcelona). Los tres cuadros ofrecen una imagen muy parecida, que, a pesar de ser abstracta, representa el flujo de un río durante un temporal. En el primer cuadro la lluvia es leve, se vuelve más intensa en el segundo y es un aguacero torrencial en la última obra, El diluvio. Estas obras marcan el final de la serie de pinturas blancas del artista creada entre 1988 y 1990. Durante este período, además de viajar por el Sáhara y a lo largo del Níger, Barceló también visitó glaciares en los Alpes suizos, donde pintó el hielo y la nieve.

Toda la imagen de El diluvio  está pintada en tonos azules y grises, con blanco para los afluentes más lejanos, insinuando el agua. En primer plano, Barceló pintó las salpicaduras producidas por las gotas de lluvia al golpear una superficie de agua. El avance en diagonal del río y la inclinación de la lluvia aportan potencia dinámica y velocidad a la imagen; así, con medios desechados, el pintor captó la fuerza de una tormenta. El cuadro presenta el mismo efecto líquido que el de la tierra mojada bajo la lluvia. De un modo simbólico, estas imágenes de lluvia ponen fin a los numerosos paisajes desérticos del artista.

La lluvia entra por la ventana y cubre todo el cuadro, irónicamente imitando la estructura integral de algunas obras del Expresionismo Abstracto y subvirtiendo la dicotomía tradicional entre la figura y el fondo. Aquí, Barceló también quería reflejar la naturaleza líquida de la pintura y la posibilidad de usarla metafóricamente para captar el tiempo.

Miquel Barceló

El diluvio (Le Déluge), 1990

Técnica mixta sobre lienzo

230 x 285 cm

Guggenheim Bilbao Museoa

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