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Berenice

Anselm Kiefer, que nació en Alemania unos meses antes de que en Europa se librara la última batalla que ponía fin a la Segunda Guerra Mundial, creció siendo testigo de las consecuencias de una guerra moderna y de la división de su patria. Presenció igualmente la reconstrucción de una nación dividida y su lucha por la renovación. Kiefer se consagró a estudiar cómo se entretejen elementos de la mitología y de la historia alemana y su incidencia en el auge del fascismo. Se enfrentó a estas cuestiones violando tabúes estéticos y resucitando iconos sublimados. En uno de sus primeros proyectos, la serie Ocupaciones (Besetzungen) de 1969, Kiefer se fotografió a sí mismo realizando el saludo nazi en varios lugares durante un viaje por Suiza, Francia e Italia. Las pinturas posteriores —paisajes inmensos e interiores arquitectónicos, a los que solía aplicar arena y paja— evocan el patrimonio político y literario de Alemania; abundan las referencias a las leyendas de los Nibelungos y a Richard Wagner, a la arquitectura de Albert Speer y a Adolf Hitler. Desde mediados de la década de 1980, y concretamente después de trasladarse al sur de Francia a principios de los noventa, Kiefer amplió su iconografía para abordar temas más universales como la civilización, la cultura y la espiritualidad, inspirándose, entre otros, en la Cábala, la alquimia y la mitología de la Antigüedad.

A lo largo de su carrera, Kiefer ha representado a diversas mujeres reales y mitológicas, desde Isabel de Austria a Brunilda y Lilit. Berenice (1989) hace referencia a la leyenda del siglo III a.C. de la Princesa Berenice de Cirene (en la actualidad Libia). Para propiciar el regreso sano y salvo de su esposo, Berenice sacrificó su largo cabello y se lo ofreció a Venus. El cabello desapareció posteriormente del templo donde se había dejado y se decía que se había transformado en una nueva constelación en el cielo nocturno. En esta escultura, Kiefer alude al mito mediante los restos parciales de un avión de plomo, con un ala y un fuselaje del que se desprende un inquietante mechón de pelo humano, sugiriendo el combustible consumido o los tóxicos humos negros. Los aviones de plomo son un motivo recurrente en la iconografía de Kiefer. El plomo ha sido un material clave en la obra del artista desde mediados de la década de 1980 y está repleto de asociaciones históricas (dada su importancia en la alquimia) y personales. La combinación disyuntiva del avión y el hilo de cabello a modo de humo transmite inquietud y múltiples emociones.

Fuente(s):
Nancy Spector, "Anselm Kiefer", en Spector (ed.), Guggenheim Museum Collection: A to Z, Solomon R. Guggenheim Museum, Nueva York, 2009.
Miguel López-Remiro, "Anselm Kiefer", en Colección del Museo Guggenheim Bilbao, Guggenheim Bilbao Museoa, Bilbao y TF Editores, Madrid, 2009.
"Anselm Kiefer", en La Colección Permanente de los Museos Guggenheim, Guggenheim Bilbao Museoa, Bilbao, 2007.

Anselm Kiefer

Berenice, 1989

Plomo, cristal, fotografías y pelo

120 x 390 x 320 cm

Guggenheim Bilbao Museoa

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