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Oteiza: Mito y modernidad

8 de octubre, 2004 – 23 de enero, 2005

Oteiza: mito y modernidad es la más amplia retrospectiva dedicada a este artista en los últimos quince años. Comisariada por Margit Rowell y Txomin Badiola, la exposición reúne aproximadamente 140 esculturas de museos y colecciones particulares y más de 40 dibujos y collages procedentes de la Fundación Museo Jorge Oteiza que nunca antes se habían presentado al público. Ubicada en las cuatro salas de formas singulares de la tercera planta del Museo, la muestra está organizada de manera que plasma la evolución formal y conceptual de Oteiza, reflejando así su proceso experimental.

Oteiza es, sin duda, uno de los creadores vascos más relevantes del siglo XX aunque su obra se ha expuesto en contadas ocasiones. Su trabajo es difícil de definir, ya que su obra es extremadamente personal y no puede ser comparada con la de ningún otro artista de su generación. Aunque retrospectivamente en sus etapas finales se le podría relacionar con el minimalismo americano —movimiento surgido con posterioridad al período creativo del artista— las esculturas de Oteiza se enraízan en las vanguardias artísticas de principios del siglo XX: cubismo, expresionismo, surrealismo y muy especialmente neoplasticismo y constructivismo, al tiempo que comparte con otros artistas posteriores a la II Guerra Mundial una particular sensibilidad hacia lo abstracto, espiritual y humanista.

Jorge Oteiza nació en Orio, Gipuzkoa, en 1908. Durante tres años cursa estudios de medicina en Madrid y posteriormente asiste a la Escuela de Artes y Oficios, época en la que realiza sus primeras esculturas influidas por la obra de Jacob Epstein, Dimitry Tsaplin y Alberto Sánchez que se expone en Madrid. En 1931 presenta en San Sebastián su escultura Adán y Eva, Tangente S=E/A obra con la que obtiene el primer premio en el IX Certamen de Artistas Noveles Guipuzcoanos. Su primer viaje a Latinoamérica en 1935 supone una etapa crucial en su vida; realiza una serie de exposiciones en Santiago de Chile y en Buenos Aires, al tiempo que se dedica a la docencia e investigación de la cerámica, primero en Buenos Aires y más tarde en Bogotá. En este tiempo publica su "Carta a los artistas de América. Sobre el arte nuevo en la posguerra" y plantea en sendas conferencias el "Informe sobre una estética objetiva (fórmula molecular, ontología, para el ser estético)" y "La investigación de la estatuaria megalítica en América", documentos que evidencian y avanzan, al igual que las obras realizadas en Bilbao a su regreso en 1948, la búsqueda de Oteiza de las bases de lo que sería el período más importante de su obra, su Propósito experimental.

A lo largo de la década de los cincuenta su obra fue ganando el reconocimiento nacional e internacional. En 1950 Unidad triple y liviana supone el inicio de una constante experimentación de "la naturaleza estética de la estatua como organismo puramente espacial" en la obra de Jorge Oteiza. Es también este año cuando aborda el importante encargo de la estatuaria de la basílica de Aránzazu, un enorme conjunto que proyectó en 1953 y ejecutó entre 1968 y 1969 en el que los motivos religiosos se despersonalizan, las figuras se vacían y al abrirse al espacio se cargan de contenido espiritual.

En 1955 comienza a trabajar en el tratamiento de la luz practicando, primero en relieves y más tarde en las formas exentas, unos pequeños orificios y perforaciones, completas o incompletas, que denomina "condensadores de luz". Estos orificios permiten, en obras como Homenaje a Boccioni (1956-57), que la luz penetre en el interior de la obra dotándola de una nueva energía. Su experimentación continúa en pequeños bloques de piedra, a los que realiza una serie de cortes con un disco, revelando así su estructura interior; estas Piedras discadas evidencian la búsqueda de Oteiza de una mayor intervención del espacio en la masa a través de la apertura de poliedros.

En 1956 Oteiza necesita un lenguaje nuevo que le permita abordar lo experimental en la escultura con la máxima radicalidad; para ello define una serie de unidades formales abiertas que, al ser relacionadas entre sí, vayan articulando todo un nuevo vocabulario. Durante los años 1956 y 1957 desarrolla sus series experimentales a partir de estos elementos. Las primeras creaciones de estas series son algunas de sus esculturas más importantes como Homenaje a Malevich (1957) o su conocida serie de maclas.

En 1957 recibe el Premio Internacional de Escultura en la IV Bienal de São Paulo con 28 esculturas presentadas en familias experimentales; también edita un catálogo con el texto Propósito experimental, 1956–57, en el que fundamenta los principios teóricos de su obra. Tras Sao Paulo, Oteiza reflexiona sobre el progresivo papel del vacío y el silencio que encuentra en su escultura. Formula en esta época la Ley de cambios según la cual, a una etapa de aumento de la expresión sucede otra de apagamiento de la misma: "siempre se parte de una nada que no es nada para llegar a una Nada que lo es todo".

En un rápido proceso que apenas dura dos años (1958-59) realiza sus obras conclusivas en las que plasma sus formulaciones anteriores. De ellas, las dedicadas a la desocupación del cubo, particularmente las Cajas vacías, son las que más fielmente representan las conclusiones de su experimentación. A partir de ellas desarrolla nuevos ensayos que culminan en sus obras más radicalmente preminimalistas como el Homenaje a Velázquez, de 1959. Ese mismo año, al relacionar el vacío que progresivamente se encontraba en su obra con el de los crómlech de la prehistoria vasca, Oteiza llega a "la conclusión experimental de que ya no se puede agregar escultura, como expresión, al hombre ni a la ciudad" y abandona la producción escultórica.

A lo largo de los años sesenta, Jorge Oteiza se entrega en cuerpo y alma a la investigación estética y lingüística, particularmente en el ámbito de la cultura vasca, y se implica activamente en la causa política y social del pueblo vasco, temas sobre los que publicó extensamente en libros como Quousque tandem!, 1963, o Ejercicios espirituales en un túnel, 1965. Entre 1972 y 1975 retorna a la escultura, completando algunas de sus series experimentales. En 1986, por primera vez en 25 años, su trabajo se incluye en una muestra internacional de escultura que, bajo el título Qu’est-ce que la sculpture moderne? organiza el Musée National d'Art Moderne, Centre Georges Pompidou, de París.

El conocimiento de la obra de Oteiza es escaso hasta 1988 cuando, objeto de una retrospectiva, por primera vez se puede apreciar la dimensión de su legado artístico en toda su amplitud en la muestra organizada por la Fundación Caja de Pensiones en Madrid, Bilbao y Barcelona. Ese mismo año su obra ocupa el pabellón de España en la Bienal de Venecia junto con la de Susana Solano.

A partir de entonces la obra de Oteiza comienza a recibir la atención que merece. Instituciones como el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid y el Museu d'Art Contemporani de Barcelona, o el Museo de Bellas Artes de Bilbao, entre otros, comienzan a adquirir sus piezas.

Exposición organizada por el Museo Guggenheim Bilbao con la colaboración del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

Jorge Oteiza
Fotografía de Oteiza tomada junto a la escultura Expansión espiral vacía, 1957, en la IV Bienal de São Paulo

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