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Mark Rothko: paredes de luz

8 de junio, 2004 – 24 de octubre, 2004

Mark Rothko (Marcus Rothkovitz) nació en Dvinsk, Rusia, en 1903. En 1913 emigró con su familia a Estados Unidos, asentándose en Portland, Oregón. Entre 1921 y 1923 asistió a la Universidad de Yale gracias a una beca, período tras el cual abandonó la universidad sin licenciarse y se trasladó a Nueva York. Comenzó a pintar en 1925 y ya en 1933 se celebró su primera exposición en solitario. A finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta continuaría refinando su técnica hasta desarrollar su estilo de madurez por el que es conocido. Desde su trágica muerte en 1970, su arte no ha perdido un ápice de popularidad. Hoy en día Rothko se cuenta entre los grandes pioneros del arte norteamericano de posguerra y es, junto con Barnett Newman y Jackson Pollock, uno de los exponentes fundamentales del Expresionismo Abstracto.

En 2003 y con motivo del centenario del nacimiento de Rothko, la Fundación Beyeler de Basilea, en colaboración con los hijos del artista, Kate R. Prizel y Christopher Rothko, instaló unas salas dedicadas en exclusiva a Rothko. Estas salas son las que se trasladan en una versión ampliada al Museo Guggenheim Bilbao, mostrando una selección representativa de pinturas de todas las fases creativas del artista y proporcionando un emotivo homenaje a Rothko y a su obra.

El conjunto de obras de finales de los años treinta y principios de los cuarenta pone de manifiesto las primeras influencias en la obra del artista, quien a mediados de la década incorporaba técnicas e imágenes abstractas propias del Surrealismo, decantándose por un estilo pictórico a menudo cargado de contenido mitológico e iconografía religiosa. Con el grupo de obras Pinturas multiformes (Multiform Paintings) de finales de los años cuarenta, da inicio a su enfoque basado en los colores puros en el espacio. En su madurez artística, Rothko explora el potencial expresivo de campos rectangulares de colores luminosos que parecen flotar sobre la superficie del lienzo. La sala dedicada a las pinturas de esta época incluye el cuadro Sin título, 1952–53, que, con sus impresionantes medidas de 300 cm de altura y 442,5 cm de ancho en cierto modo constituye una apabullante demostración de que Rothko trataba de abarcar insospechadas dimensiones espaciales con su arte. Su preferencia por la pintura de grandes formatos le ha valido a menudo el calificativo de pintor de murales, y muchos de los encargos que recibió fueron para realizar pinturas y murales monumentales; Rothko creía que "comoquiera que pintes una obra grande, estás dentro de ella. No es algo que puedas controlar".

Mientras la crítica lo alababa como artista sensual y colorista, para Rothko el lienzo representaba una violenta batalla de opuestos —vertical frente a horizontal, color cálido frente a frío— invocando así los conflictos existenciales del mundo moderno. Las Pinturas de negro sobre gris (Black on Grey Paintings), que Rothko inicia un año antes de suicidarse, confirman su creencia de que su obra encerraba una tragedia. Denominadas por el mismo artista como Sin título, estas pinturas son, al mismo tiempo, comienzo y punto de inflexión en su carrera. Todas ellas tienen formato horizontal y están divididas en dos partes: la inferior, en colores grises y a veces marrones, y la superior, siempre negra. En ocasiones, ambas superficies están entreveradas mediante pinceladas gestuales. De esta forma, aunque parece predominar un nítido horizonte en torno a la divisoria central, es ahí precisamente donde el gris y el negro se entremezclan. Una peculiaridad llamativa es la estrecha franja blanca que enmarca todas las pinturas a excepción de una. Este énfasis en los límites reales de la pintura intensifica el efecto de cuadro dentro del cuadro y contribuye a la sensación dominante de que el espectador ya no ve unos campos de color dentro de un cuadro, sino un cuadro cuya identidad se afirma a través de su naturaleza plana. Al mismo tiempo, la reducción de la composición a una única división horizontal también sugiere una relación con el paisaje, como si estuviéramos mirando hacia el vacío desde el borde de un planeta. El marco blanco subraya en este caso la percepción de la pintura como "ventana" que se abre a una realidad desconocida. Cabe suponer que Rothko jugó con estos dos efectos contradictorios a propósito. Es llamativa la distancia que con ello se impone al observador. Éste ya no se ve envuelto en los campos de color flotante que parecen expandirse por la sala, sino que ahora es confrontado por una presencia superior, una austeridad icónica.

Mark Rothko

Sin título, 1952–53

Óleo sobre lienzo

300 x 442,5 cm

Guggenheim Bilbao Museoa

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