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Las vanguardias y el expresionismo en el siglo XX

19 de noviembre, 1998 – 14 de febrero, 1999

El comienzo del siglo XX estuvo marcado por el triunfo de valores revolucionarios nacidos en el siglo anterior. Armadas con los ideales utópicos y las creencias políticas, las denominadas vanguardias artísticas cuestionaron la gran herencia figurativa del arte occidental y defendieron unos ideales nuevos que iban más allá de lo puramente estético. Si bien París se mantuvo como foco indiscutible del arte mundial, éste fue un período de fértil experimentación artística en toda Europa. En Francia, artistas como Albert Gleizes desarrollaron un vocabulario cubista que rechazó la perspectiva tradicional y rompió con la apariencia ilusoria de profundidad. En Alemania y Austria, una gran variedad de artistas potenciaron las propiedades de la forma pictórica en una búsqueda de la expresión del sentimiento y de un estado espiritual. Ya fuese utilizando unos colores vivos y poco naturales característicos de Heinrich Campendonk, una agitada pincelada que se aprecia en la pintura de Oskar Kokoschka, o una “primitiva” simplificación de la forma evidente en la obra de Ernst Ludwig Kirchner, los expresionistas se sirvieron de imágenes cargadas de emoción y de la abstracción para expresar verdades psicológicas contemporáneas. La abstracción floreció entre artistas como Vasily Kandinsky y László Moholy-Nagy que atribuyeron propiedades espirituales y utópicas a las esencias de la pura forma y el color. Finalmente en toda Europa el surrealismo, exploró la relación del inconsciente y la realidad vivida haciendo uso de estrategias automatistas para interpretar visiones mentales por medio de formas biomorfas como las que se ven en la obra de Jean Arp, Alexander Calder y Joan Miró. La fragmentación estética compartida por los diversos movimientos —los planos fracturados del cubismo, las desencajadas figuras de la pintura expresionista y las híbridas yuxtaposiciones de la iconografía surrealista— pueden ser entendidas como una analogía visual de la fragmentación social y psíquica de la realidad.

De todos ellos, el expresionismo ha demostrado ser una tendencia artística imperecedera, que ha sido retomada en diferentes períodos de este siglo. Generaciones sucesivas de artistas reavivaron esta clave subjetiva y la reexaminaron adaptándola a los nuevos contextos contemporáneos. Así, el expresionismo resurgió en los años 50 en la forma del expresionismo abstracto americano, o el arte informal europeo, o ya en los años 80, como neoexpresionismo.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se convirtió en la heredera del legado europeo y el nuevo centro del arte occidental. El expresionismo abstracto fue el primer gran movimiento artístico americano. Su aspecto expresivo se ha vinculado al heroismo subjetivo del primer expresionismo. Los principales representantes de este movimiento, Willem de Kooning, Franz Kline y Mark Rothko entre otros, trataron de aunar forma y emoción en lienzos de escala monumental, centrando el contenido de la pintura en la expresión de la personalidad del artista. Simultáneamente, en Europa nacía una nueva tendencia plástica influida por las filosofías existencialistas y pensamientos orientales, que muchos han calificado como el equivalente europeo del expresionismo abstracto: el arte informal (arte sin forma). Esta tendencia se caracterizó por la espontaneidad en la ejecución de la obra, el abandono a las virtudes del gesto y la gran importancia de las propiedades físicas de la obra de arte tal como evidencian las piezas de Jean Dubuffet, Asger Jorn o Antoni Tàpies, en las que aparecen láminas de metal, arena y otros materiales no convencionales

Ya en la década de los 80, tras las tendencias conceptuales y minimalistas de los años 60 y 70, el neoexpresionismo recuperó la figuración y expresividad en la obra de arte apoyándose en el lenguaje formal de la antigua vanguardia artística. El alemán Georg Baselitz influenció a la nueva generación con sus esfuerzos por reforzar la pintura europea y luchar contra el agotamiento espiritual del período de posguerra. Su colega y compatriota Anselm Kiefer llegó a ser uno de los principales representantes de un neoexpresionismo que adoptó un enfoque de carácter violento, gestual y crítico, aquí infundido con referencias a la tradición romántica alemana y a la herencia política de su país. El neoexpresionismo fue un fenómeno realmente internacional, que también arraigó en otros lugares del mundo tales como Italia, donde fue conocido como Transvanguardia y abanderado por Francesco Clemente, Sandro Chia y Enzo Cucchi. Igualmente surgió en Nueva York, donde artistas como Julian Schnabel o Jean-Michel Basquiat introdujeron tanto vocabulario (grafiti) como materiales (platos rotos) que se hallaban fuera del ámbito tradicional del arte, con el fin de enfatizar el contenido emotivo de su obra.

Clyfford Still

Sin título, 1964

Óleo sobre lienzo

259 x 222 cm

Guggenheim Bilbao Museoa

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